Una magistrada en Perú, durante una audiencia, le preguntó a un imputado:
—¿Dónde trabajas?
El hombre, sin pensarlo mucho, respondió:
—Trabajo en el estacionamiento de carros en un «chongo».
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La jueza, visiblemente molesta, lo regañó enseguida:
—Hable con más respeto, usted tiene secundaria completa.
El investigado, algo avergonzado, corrigió su respuesta:
—Bueno, trabajo en un prostíbulo.
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Para entender mejor la situación, consultamos con un abogado de gran experiencia, quien trabajó en el Congreso de la República. Él comentó:
—Creo que la reacción de la jueza fue exagerada. No entiende el término «chongo» ni los usos y costumbres del pueblo. Llamar la atención al imputado demuestra que la jueza no sabe bien de qué habla.
El abogado explicó que «chongo» es una palabra común en los barrios más humildes, una forma en que habla la gente del pueblo. En cambio, «prostíbulo» es una palabra más dura y tiene una connotación negativa, porque la Iglesia Católica siempre ha hablado mal de esos lugares, viéndolos como algo del pecado.
Según la Academia Peruana de la Lengua, “chongo” es una palabra bien nuestra que, desde hace años, se ha usado para hablar de “prostíbulo”, “burdel”, “casa de citas” o “bulín”. A los que iban a esos lugares se les decía “chongueros”. Tanto “chongo” como “chonguero” eran palabras que se usaban más entre la gente del barrio, siempre con algo de lo prohibido, y casi nunca se oían en conversaciones de gente “refinada” o en libros, salvo en las novelas, donde solo los personajes decían esas palabras, pero nunca el narrador.
Este incidente, protagonizado por una jueza que, a pesar de tener la apariencia de ser “hija del pueblo”, pero se ofende por la palabra “chongo” y prefiere decir “prostíbulo”, muestra un problema mucho más grande. Las instituciones de justicia en el Perú, como las facultades de derecho, el Poder Judicial y el Ministerio Público, todavía no entienden lo que es una verdadera justicia intercultural. Aún hay jueces, juezas y fiscales que actúan como si estuviéramos en los tiempos de la colonia, sin entender cómo habla realmente la gente del barrio, de las comunidades.
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